Vender un piso: ¿reformar o bajar el precio?
En estos tiempos en los que se torna tan difícil poder vender un piso, especialmente si se trata de una vivienda usada, todos los esfuerzos y atenciones parecen pocas a la hora de conseguir encontrar compradores verdaderamente interesados. En este contexto, es normal que surjan numerosas dudas e interrogantes respecto a cómo gestionar la venta, cómo ofertar el piso o como determinar el precio más adecuado. Es obvio que lo que más puede interesarnos como vendedores es cerrar la transacción en el menor tiempo posible y por el precio más cercano a nuestras expectativas. Pero nada de ello resulta fácil en estos momentos.
Cuando la vivienda que deseamos o necesitamos vender es de segunda mano y ya cuenta con unos cuantos años de antigüedad, resulta usual que la vivienda pueda hallarse en mal estado o necesitada de reformas, lo cual constituye una variable de enorme relevancia para poder concluir con éxito y celeridad la operación. En estos casos, se tiene la conciencia de que un piso con mal aspecto, o con serias deficiencias de conservación, va a disuadir a una buena parte de los potenciales compradores interesados que se acerquen a visitarlo. Es indudable que un suelo deteriorado o avejentado, unas paredes necesitadas de arreglos y pinturas, una carpintería exterior e interior en malas condiciones, un cuarto de baño con aspecto viejo e insalubre, una cocina desvencijada, o una instalación eléctrica que precisa renovación son argumentos suficientes para empujar a nuestros posibles compradores a que huyan de nuestro piso para no volver a recordarlo más.
En los casos en los que nuestra vivienda está en estado deficiente o muy deficiente, deberemos efectuar distintas consideraciones previas a la oferta. Por ejemplo, si nos merece la pena efectuar algún tipo de reforma más o menos relevante, o mejor bajar el precio en la proporción del dinero que precisaríamos invertir. Si no solventamos, en alguna medida, las deficiencias, nos veremos obligados a reducir el precio en gran medida para atraer a los interesados, sobre todo dentro del panorama que vivimos, con precios a la baja. Y a pesar de ello, habrá muchas personas que no se interesen por un piso barato, ante la perspectiva de tener que soportar y afrontar varios meses de obras. Si reparamos y adecentamos el piso, en alguna medida, tendremos que subir el precio, y siempre tendremos el riesgo de que a nuestros compradores no les agrade el color del suelo, los muebles de cocina o el color de las puertas de paso.
Siempre que el piso no se encuentre en estado extremadamente lamentable, tal vez lo más aconsejable pueda ser hacer a la vivienda un “lavado de cara“, es decir, un conjunto de reparaciones poco costosas que contribuyan a mejorar su aspecto para ayudarnos a venderlo, aún a sabiendas que tendremos que reducir el precio igualmente.






